lunes, 10 de agosto de 2015
Oda a la Cursilería
Claro!!! Como no me di cuenta antes!!!
Jinetes querulantes siempre jactantes
Diosas enfrascadas después cirugiadas
Poetisas resentidas que el holograma
no olvida
Vengan...vengan...
completen mi mente
en esta oda a la cursilería
No importa si el status
resulta snobismo
Vengan...vengan
traigan sus ideas
cuanto más inalcanzables
más amadas son.
Nora Ibarra
Curitiba-Brasil - Agosto 2015
viernes, 24 de julio de 2015
La Rotonda del Pirata
LA ROTONDA DEL PIRATA
Grecia, Marzo de 2013
De joven tuve la fantasía que venía a
Grecia con mi amante y concebíamos un hijo en el tranco del paisaje. Treinta
años después, mi amante ya no está y el hijo no fue concebido.
Mi razón de ser en este lugar es fruto de un
deseo, un sueño cumplido. Un puñado de recuerdos me trajeron hasta aquí
intensificados por el aura de la inminente vejez. Puedo entender por qué los
viejos viven de los recuerdos. Estos los mantienen vivos en cuanto marchan por
un sendero sin futuro.
Cuando jóvenes no nos damos cuenta de
ello. Unimos el pasado –nuestro origen- al presente que establece nuestra presencia en la vida.
Después el aquí y ahora será un recuerdo, a veces nítido, otras tibio, con
sabor agridulce.
Recostada sobre la baranda de la
galería, contemplo el mar de un azul vibrante. Me retrotrae a otro mar,
lejano…frio e impetuoso. Siempre agitado por un viento huracanado. El mismo que
dejó su marca registrada en Santa Martina. Lugar que no me trajo paz y nunca fui bien recibida. En esa
época me torné incrédula, con una sombra imperceptible en la mirada denotando
una tumultuosa serenidad.
Rondando
en mi soledad
en
lo oscuro te contemplo
Te
imagino inmerso
en
un paisaje azúl
al
que Dios…Mahoma
o
vaya a saber quien
pinceló
con matices verdes
y
flores rojas
Leo
tu libro una vez más
Releerlo
me lleva
a
aquellos lugares comunes
a
los que acudo cuando
en
la distancia
me salpican los recuerdos
Él me encendía. Me desvestía con la
mirada y yo me enfurecía. Cuando no lo hacía…yo lo provocaba. Era un juego de gatos. Un merodeo sensual vivido de
a ratos. Un leve roce, una mirada nos bastaba para
perdernos en el deleite mutuo. No fue el tiempo que transcurrimos juntos sino
la intensidad del mismo la que nos acercaba. En esa época me sentía feliz. Ignoraba que la
felicidad es apenas un estado de ánimo, un paliativo inventado por la razón
para ayudarnos a apaciguar la angustia.
Yo debía pagar por tanto goce. Por concebir la
vida como un juego donde no hay triunfo sin derrota. Por pretenderme hacedora
de mi destino impulsado desde el amor y el placer de estar viva. Me impuse el
auto-exilio refugiándome en Santa Martina.
Llegué una mañana de sol entre confusa y
fugada. Enfrenté el desamor de mi madre y la mezquindad de mi hermano, quien
años antes me dejara en la calle. Aprendí a convivir con la desdicha. Un rictus
de amargura se instaló en la comisura de mis labios. Nunca más se fue.
Los lugareños que cruzaba al pasar me
clavaban su mirar huraño y malicioso. Me confirmaban en el gesto mi no
pertenencia al lugar. Ellos tampoco eran de allí, solo que no lo sabían y
actuaban como si fuesen dueños de esa tierra ficticia apodada <el paraíso de
la costa>.
Era una utopía esconder mi sentimiento.
Imposible huir de ello sin antes completar el estadio. El escarmiento no ayudó
al olvido. Estaba a la deriva, presa en mis emociones.
Anoche
soñé tu rostro
Moreno…intenso…
difuso
en el tiempo
Deshilé
con mi boca
cada
hebra de misterio
Suave
oscilar
en
la maraña oscura
de
tu pelo
El
túnel de tus ojos
fue
mi cáliz de deseos
Me
arrastraron las ansias
Besos
prohibidos
Lengua
en la lengua
un
mapa furtivo
Anoche,
despierta,
Soñé
contigo
No estoy segura si fue un sueño o una
premonición enraizada en el deseo. El
presagio se confirmó al oír tu voz en el teléfono. Vendrías a buscarme. A
rescatarme del marasmo en el que me encontraba gravitando. Como una vieja dama
anquilosada, la angustia me brotó a
borbotones resbalando por mi rostro en hebras de agua y sal.
Llegaste en medio de la noche. Con la
emoción en resguardo y el silencio por cómplice No hubo palabras. Solo un abrazo estrecho. Respiramos acompasados en
el vaivén infinito de nuestros cuerpos. Impiadosos…voraces. No recuerdo si después
bebimos whisky, ron o el té del fruto de la pasión. Suave…amorosamente nos
adormecíamos ensimismados el uno en el otro. Tus manos ágiles hábilmente me
hurgaban.
Por la mañana, aún en el ensueño,
hicimos el amor, una y otra vez. El ángulo perfecto, el vértice exacto
guiándonos en la vorágine del deseo. Fue
cuando dijiste <quiero que vuelvas.
Que estés conmigo>.
Posteriormente nos vestimos. Salimos a
la calle. Caminamos juntos amalgamados de tierra y salitre. Bordeamos La
Rotonda del Pirata y entramos a tomar un café mientras aguardaríamos el micro
que te llevaría al mundo real. Comencé a contarte la leyenda mito-realidad del
lugar donde estábamos bebiendo el café de a sorbitos, como si al hacerlo
detuviésemos ese momento inimitable de los dos para siempre.
─Llegaron
a Santa Martina cuando esta era apenas un puñado de arena. Venían de todas
partes cargados de esperanza. Dispuestos a olvidar. Y la línea de desarraigo surcándoles la piel.
Los
hermanos Juan Luis y Eduardo Iturralde heredaron de su tío abuelo setecientas
hectáreas de campo ubicadas en el solar
del Partido de la Costa. A cuatrocientos kilómetros de Ciudad Grande.
Bautizaron
al esbozo de villa balnearia Santa Martina. En memoria de la hermana que
falleció a los trece años de difteria. Juan Luis se encantó tanto por el lugar
que resolvió radicarse allí junto con Lucía, su esposa y Fermín, el primogénito
de ambos. Construyó una casa de piedra frente a la playa, cerca del espigón que
era frecuentado, de día y de noche, por los primeros pobladores.
Juan
Luis trazó los planos de la futura comarca. Proyectaba con visión de futuro
porque soñaba con que un día el embrión de aldea fuese famoso, y así fue, solo
que junto con el progreso vendrían el infortunio para unos y la desdicha para
otros.
A
cien metros de la arcada de acceso al pueblo, la avenida principal era
interrumpida por una parcela de tierra de forma circular. Juan Luis pensó en
edificar allí el centro cultural. Los planes se modificaron cuando apareció un
forastero que le ofreció una cuantía de dinero tres veces mayor que el valor
real del terreno. La propuesta fue tan tentadora que no pudo menos que aceptar
y trasladar su proyecto veinte cuadras abajo.
El
comprador del terreno era un marinero griego. Con un halo de misterio, y cierto aire mitológico -debido al origen-
adjudicado por los demás habitantes que ellos mismos enriquecían con fábulas.
Orestes,
ese era su nombre, era un hombre de pocas palabras, mirada enigmática y barriga
abultada oculta debajo de un saco de tweed raído, donde se creía, que escondía las más exóticas piedras preciosas y
hasta algún lingote de oro.
El
marinero planeaba construir en el lugar una hostería y restaurante. Para
vigilar de cerca la obra montó una tienda de campaña, como las de la segunda
guerra y se instaló en ella. Los rumores sobre él iban y venían en Santa
Martina. Como viajaba cada diez días y regresaba con cajas, que apilaba en la tienda
de campaña, se corrió el rumor que era un pirata asaltante de barcos que se apropiaba de todo lo que hubiese a bordo de estos. Para
todos, el enigmático hombre era un verdadero bandido y por qué no decirlo, un
posible asesino de los siete mares.
Cuando
la hostería estuvo lista para la inauguración, Orestes colocó un farol en la
entrada, debajo de este, sostenido por dos cadenas, pendía un cartel fileteado
que anunciaba el nombre del local “El Rincón Marino”. A todo esto el lugar ya
había sido bautizado por los lugareños como “La Rotonda del Pirata”. Así fue
como fue conocido en todas partes y junto con el Bar del Gringo, alcanzaría
fama internacional.
Interrumpí el relato y te miré. No me
escuchabas. Vagabas en una estrella, lejos…lejano…
Entonces entendí. Habíamos tomado distintos rumbos que nos
alejaban en el acercamiento. Era el comienzo del fin. No fue a mí a quien
viniste a buscar sino al amor idealizado, infructuosamente buscado en cada una
de las mujeres que creías amar. Siempre fue así y continuaría siendo.
Una fisura desgarradora me atravesó en
cuerpo y alma. Oculté la descubierta de
esa verdad. Te dejé partir. El último saludo prolongado. Nada sería igual. A partir de ese día el deseo y el desencanto serían enterrados en
el mismo pozo de la desolación.
Apenas
un recuerdo furtivo
Ocasión
recóndita que en el descuido
la
memoria guardó.
De
él no nacieron hijos
ni
creció el amor.
Dos
cuerpos unidos
en
la nada absurda
levitan
en el vacío
lejanía
que el tiempo trae
en
la brisa color ilusión.
Ahora,
como antes
No
habrá después.
Almas
erráticas
Musitarán
el miedo
Mientras
cobijan
el
secreto de una tarde de sol.
Nora Ibarra
Curitiba-Brasil. Julio 2015
jueves, 16 de julio de 2015
Único como París
Relato publicado en la Revista Digital Acantilados de Papel Nº 3 - 2013
Imposible hablar de ti sin que los recuerdos me
lastimen. Duele evocar cuando juntos, las palabras se diluían en caricias deslizadas entre los dedos ávidos.
Después, nos fundíamos en el abrazo confuso.
Triste hablar de tu sobresalto y mí
asombro. Temerosos que la
realidad nos arrebatase el anhelo obligándonos a volver cada uno a lo suyo.
En el desasosiego me escurría por el borde la sábana, como quien está agazapado
frente a un abismo.
Yo iba a bajar… estaba dispuesto a descender
hasta lo más profundo sin importarme
nada.
Recorro con la
mirada el cuarto que tantas veces nos albergó. El mismo que aún guarda nuestra
esencia. Está cambiado, yo también. Tal vez preguntes que pasó…dudo que lo preguntes…
después de todos estos años.
Tu ternura me
distanció y mi pasión no nos unió. No fue
el tiempo en el que transcurrimos, sino la intensidad de lo que vivimos que me
trajo hasta aquí.
Ni tu mezquindad ni mis celos prevalecieron en
esta historia anónima que mantuvimos sin secretos y en la que nos herimos
tanto. Nos conocimos a destiempo y solo nos causamos contratiempos.
Muchas veces te odié. Por momentos quise
destruirte al verte entera y distante. Tan dueña de tu vida sin pensar en la
mía. Hundiéndome en el desamparo. Pero es inútil…ya no estás aquí…apenas el
fantasma de lo que fuiste se aproxima a mí sonriente.
Recorre
por última vez la habitación con la mirada. Cierra la puerta, dobla el papel
con la carta y la guarda en el bolsillo del gabán.
Al salir a la calle el viento frio lo sacude. Se siente absurdo. Venir a París para
reprochar una relación que apenas existió en su mente.
Nadie tuvo la culpa, menos aún esa chiquilina
que vivía embrollada en su mundo donde lo transformó en un experimento sin más
ni más.
Se
pregunta qué es lo que mantiene vivo el recuerdo de alguien que fue para con él
infantil y egoísta.
La
respuesta está en el exacto vértice donde los sentimientos ambiguos emergen y
se unen para asentir que uno también ama
aquello que tanto odia. Basta dar rienda
suelta a un amor único como París.
miércoles, 15 de julio de 2015
El Robot de la Iglesia
Cuento publicado en la Antología 2099-b - Ediciones Irreverentes - España -2013
La iglesia de Todos Los Santos del siglo XXI no tenía
pastor. Amalita fiel secretaria y devota comentó con las otras devotas que en
el centro de la ciudad vendían robots programados para ser pastor de iglesia.
Las feligresas partieron raudas para la tienda. Allí
el vendedor les explicó que había stocks de robots pero el programa debía ser
encomendado a Ciudad Grande y que demoraría alrededor de veinte días en llegar,
no obstante la demora las mujeres encargaron el programa para el robot pastor.
En la reunión semanal del grupo de oración comentaron
lo que habían hecho. Los demás integrantes se alegraron y
propusieron hacer una campaña de difusión, encargaron pancartas, pasacalles y hasta un megáfono. Todos los anuncios decían:
“En breve nuestro Pastor Robot – No se lo
pierdan – Mayor Información con Amalita”.
Quien hacía el servicio de la iglesia provisoriamente
era Elías, un pastor que había estudiado para ello pero que su verdadera
vocación era la música, podemos decir que “como pastor tocaba el bajo demasiado
bien”. Tenía contratos de actuación musical hasta el 2099.
Si bien Elías era un buen orador, estaba ocupado en
hacer su propio marketing. Su manera de ejercer como Pastor abarcaba las
siguientes acciones: Cuando debía pedir el diezmo lo hacía de manera dura y
exigente. Si había algún feligrés que tuviera algún problema, lo detectaba
rápidamente y ordenaba que éste fuese expulsado de la iglesia porque
consideraba que no era digno de estar allí, sólo entraba aquel que derrochaba
alegría y bien estar.
Los sermones aterrorizaban a los fieles, con lo cual
estos quedaban más que satisfechos, cuanto más temor imponía, más ellos lo
apreciaban y respetaban. Con la interpretación de la Biblia era categórico, lo
que no estaba escrito en ella lo improvisaba. Convertía la Historia Sagrada en
su propia historia. No se atrevían a contradecirlo, pues no iban al templo para
eso. Todos sin más debían servir a la iglesia.
Demás está decir que el servicio dominical terminaba
con el Pastor Elías dando un show musical y pasando la gorra como en un
espectáculo callejero, el publico lo aplaudía y a veces hasta pedía BIS.
Ninguno analizaba los hechos como buenos o malos,
simplemente seguían la palabra de Elías ciegamente aseverando que no estaban
ahí para juzgar a nadie y menos a este buen hombre que se preocupaba por ellos.
Por fin llegó el día, el robot estaba listo y
programado para ser el Pastor. Lo anunciaron con bombos y platillos. Tuvieron
que vender entradas para el servicio del domingo y hasta agregaron un servicio
más porque los lugares estaban agotados. Llamaban de otros pueblos reservando
lugares para venir a escuchar la palabra del Robot Pastor.
Esa mañana una comitiva de devotas liderada por
Amalita, llegaron bien temprano al templo para ultimar los arreglos de éste.
El Pastor Robot también estaba siendo preparado para
la ceremonia en la que quedaría instaurado como el suceso del año, no solamente
en el pueblo sino también en las ciudades aledañas. La prensa local y de las
otras metrópolis estaban ubicadas dentro de la iglesia en un lugar preferencial
junto con los fotógrafos independientes.
En un momento dado hizo su aparición Elías que haría
de presentador del nuevo Pastor. Antes convocó a una votación porque el robot
no tenía nombre. Resolvieron unánimemente llamarlo Eli.
Eli apareció en el centro de la nave con una música de
fondo ejecutada en el bajo por Elías.
Después hubo un gran silencio en la sala. El Robot Pastor girando su cabezota
metálica, dijo – Estoy muy contento de estar aquí con ustedes, espero que les guste
mi servicio y que podamos ser amigos- Los fieles sonrieron y agradecieron con
un amén.
El nuevo Pastor descendió la escalinata y habló – No
daré mi primer sermón desde el púlpito, prefiero hacerlo aquí, cerca de
ustedes, quiero sentir el calor humano y compartir la palabra de Dios desde lo
más cercano de vuestra persona y de vuestro corazón –
Para esto los feligreses comenzaron a sentirse
confundidos. ¿Quién era realmente ésta máquina de la cibernética? ¿Cómo es que
hablaba de esa manera?, ¿Quien le escribió el discurso?
En un momento dado Eli se acercó a un feligrés y le
preguntó – ¿Cómo te llamas hijo y por qué estás triste? – hubo un oh prolongado en la sala y un crujir de
madera que venía de las sillas. El feligrés respondió – Me llamo Samuel señor,
y estoy triste porque desde hace seis meses no tengo trabajo y no puedo
alimentar ni sustentar mi familia- el pastor robot lo observó con su mirada
fija y vidriosa y dijo – No te preocupes,
yo haré que el diezmo de hoy te sea dado para ayudarte, reza mucho que
todo se va a solucionar, ahora dame un abrazo porque necesito sentir tú calor-.
Demás está decir el aumento de murmullo que se escuchó en el recinto. Eli
continuó – Les pido hagan silencio y ayuden al hermano aquí presente para que
se sienta reconfortado y vuelva a recuperar su dignidad.
Elías que observaba la escena replicó – En estos casos
nosotros acostumbramos a expulsar este tipo de personas problemáticas…Pastor si
me permite yo puedo acompañar al hermano Samuel hasta la puerta y pedirle que
no aparezca más.
Nada de eso! Exclamó el robot – Esa no es lo que Jesús
predicó, según la Biblia él murió en la cruz para que nosotros aprendiéramos la
lección, para que practicásemos la tolerancia y la misericordia, que
protegiésemos al más débil, que le demos consuelo a los enfermos, alegría a los
niños, y que seamos piadosos con los desamparados; si no fuese así el ser
humano fracasará como tal en su afán de construir y destruir. Si ustedes no se
ayudan entre ustedes van camino a la destrucción de vuestra propia raza, de
nada servirá ni la inteligencia ni el valor; mediten sobre esto-.
Cuando finalizó de hablar el público presente estaba
absorto, con los ojos fijos y agrandados observando la máquina parlante que
subía las escalinatas y daba por terminado el servicio.
Amalita subió inmediatamente al púlpito y dijo –
Tranquilos, por favor no se inquieten. Mañana mismo llamaré a la tienda y explicaré
que el programa del robot está con defectos, o cambian el programa o devuelven
el dinero. Pastor Elías, ¿Puede retomar el servicio hasta que solucionemos el
inconveniente?-...
Nombre: Nora Ibarra
viernes, 10 de julio de 2015
viernes, 3 de julio de 2015
Secreto Compartido*
El
malestar en la boca del estómago apareció ni bien el ómnibus tomó el camino de
la costa. Me engaño pensando que me hizo mal el alfajor de chocolate que comí
en la terminal. La proximidad de la llegada al pueblo me trae un sabor amargo.
Mastico el antiácido mentolado mientras miro el mar por la ventanilla, parece una gran alfombra azul con respingos
plateados, producto del reflejo del sol.
El
micro avanza por la carretera con un traqueteo cotidiano conocido. Pasa la
confitería bailable donde está el avión pepper en la entrada. Al tomar la
curva se ve la arcada con las letras
grandes anunciando la bienvenida a los viajeros. Minutos después entramos en el
pueblo. Todos los pueblos tienen su
encanto, para mí este lugar no es encantador, me resulta sin poesía y hasta
poco armonioso. Las casas combinan con
el paisaje agreste creando una arquitectura improvisada sin árboles ni
jardines. Algunos transeúntes y sus perros caminan por las calles camuflados de
turistas.
Los habitantes de Santa Martina son como personajes de la
mitología griega. Náufragos rendidos al encanto del lugar. Seres a quienes los dioses dieron el don de no tener pasado,
apenas un futuro promisorio que nunca llega. Un sueño que se diluye cada
invierno en una copa de ginebra.
Mi familia vive aquí. Desde hace más de veinte años forma parte de
la comunidad de náufragos. Yo elegí el anonimato de la gran ciudad, la
identidad resguardada en el gesto displicente, la falta de temor al qué dirán. Todos los años, en el mes de diciembre llego
con la excusa de descansar, olvidarme del ruido hasta extrañarlo y desear
volver.
Sé lo que vendrá, levantarme con el sol, tomar mate bajo la
higuera, comer asado, beber vino. Caminar descalza por la gramilla. Excluyo del
itinerario ir a la playa. Lejos quedó la
costumbre de dormir bajo el sol, abrazada a la arena, o nadar en el mar excesivamente frio. Mi
interés está en aislarme de todo y de todos. No tener que saludar ni desear
felices fiestas.
Desciendo del autobús y el viento, marca registrada del lugar, arremolina
mi cabello. Observo que algunos curiosos me miran mientras subo al taxi que me
conducirá a la casa. El coche arranca y sale de la avenida principal. El paisaje se
modifica tornándose verde. La brisa trae el perfume del bosque de
eucaliptos. Los sonidos son diferentes a los que mis oídos citadinos
acostumbran escuchar.
Al llegar el chofer me ayuda con el
equipaje al mismo tiempo que me recomienda saludos para mi mamá. Camino hacia el fondo de la casa
y entro por la puerta trasera. Hay un
silencio peculiar, todo está en penumbras. Alcanzo a distinguir la silueta de mi abuela en la sala, sentada en
el sillón de mimbre. Me cuesta
reconocerla. Me pregunto si esta anciana es aquella mujer locuaz, famosa entre
sus familiares y amigos por sus extravagancias que desplegaba magia en la
cocina. Todos acudíamos a ella en busca de soluciones o canciones, o simplemente
para deleitarnos viéndola armar sombreros. Yo la espiaba todo el tiempo y la
atosigaba con mis preguntas sobre amor y sexo: ¿Cuándo se había enamorado por
primera vez? ¿Quién fue el primer hombre en su vida? ¿Cuántas veces había
besado a alguien antes de casarse? Ella se sonrojaba y escabullía la respuesta
con un “ve a la cocina y pon la pava con agua a calentar que yo voy en seguida
a preparar el mate”. Esta contestación me llevó a pensar que los abuelos eran
seres asexuados que engendraban bebés... ¡vaya a saber cómo!
Un día, no recuerdo como ni cuando,
entabló amistad con el silencio. La invadió la tristeza. Se enfermó de
ausencias, de falta de bullicio infantil y vecinos emigrados. Parecía que ya
nada ni nadie la divertía. Su pasatiempo favorito pasó a ser mirar los
girasoles del campo contiguo a través del ventanal.
Me acerco a ella lentamente, casi no nota mi
presencia. Quedamente le pregunto:
─ Hola ¿Dónde están los demás?
Sin dejar de mirar el paisaje dice
─ Algunos trabajando…otros haciendo
compras…
Vuelve al silencio. Tengo la impresión
que dialoga con los girasoles. Por momentos conversa con ellos, por momentos
pasa lista a los recuerdos. Con el ánimo de entablar conversación le digo:
─ Los girasoles tienen la apariencia de
criaturas despreocupadas que bailan al compás del viento
─ Deberías escribir un cuento− responde
─ ¿Sobre los girasoles?
Se encoge de hombros
─ Sobre los girasoles…sí…puede ser…sobre
lo que quieras, imaginación no te falta
Nuevamente vuelve la vista hacia el
ventanal.
Aprovecho para ir a la cocina a preparar el
mate. Cuando vuelvo a la sala con la bandeja, le pido que me los cebe mientras comienzo a
encender la salamandra para eliminar el tufo a humedad que el invierno dejó en
las paredes de la casa. Coloco un leño pequeño de quebracho, palillos, piñas y
ramitas secas de pino. La estufa comienza a rugir. Levanto la tapa que está en
la parte superior. Las llamas chisporrotean alocadas. Embelesada ante el
espectáculo, extiendo los brazos e digo con ironía:
─ Que el espíritu navideño se apodere de
nosotros
Ella está detrás de mí mirando el fuego.
─ La navidad es una fecha triste. Solo
los chicos disfrutan de ella…
─ ¿Por qué los chicos nada más. Acaso los adultos no?
Me mira como si mi pregunta estuviera
fuera de lugar
─Bueno…sí pero es diferente…
─ Diferente ¿Cómo?
─O estás muy cansada del viaje, o estás
empecinada en hacerme hablar─ dice irritada
Sonrío y respondo
─No vamos a discutir. Solo quiero saber
qué es lo que quieres decir. ¿Acaso solo
tuviste ilusiones cuando eras chica? ¿De grande no? Como era entonces que
organizabas esas fiestas con la mesa grande, el mantel blanco y el gallo asado.
Todavía recuerdo cuando le cortaste la cabeza y el pobrecito salió corriendo
descabezado por el patio
Las dos reímos y ella agrega
─En la infancia es distinto, un chico está lleno de esperanza. Eso lo
ayuda a amortiguar la nostalgia, la tristeza.... Puede dar vuelta con la
imaginación todo lo que se le antoje, no piensa en el futuro. Yo también fui pequeña y tuve ilusiones a
pesar de mi niñez austera.
Llena de curiosidad le digo
─Hay algo que nunca me has dicho...me
refiero a tu infancia...
Se muerde el labio inferior. Carraspea y
dice
─
Hay un recuerdo que siempre me acompañó, aún de grande, y nunca conté a
nadie. Cuando tenía cinco años, mi mamá, mi hermano José y yo fuimos a Galicia
a visitar a la abuela Andrea, mi abuela materna, que había enviudado. Papá se
quedó en la Argentina porque tenía que trabajar, se reuniría con nosotros
después.
Pasaron dos años desde nuestra llegada.
La navidad estaba próxima. El gran regalo para mí sería ver a mi papá de nuevo.
Quince días antes de su llegada recibimos una carta de él diciendo que no
vendría. Sentí que el corazón se me arrugó como una pasa de uva. Hacía meses
que tenía el regalo guardado pero con la distancia…no sabía cómo iba a dárselo…
─ ¿Cuál era el regalo?
─ Una foto mía que me habían sacado en
la plaza en mi último cumpleaños. Guardé cuanta moneda me daban para comprar un portarretrato… Pensé en
enviarla por correo. Cuando se lo dije a mi mamá, me respondió que el envío era muy costoso y no teníamos
dinero para ello. Durante días me devané los sesos pensando que podía hacer hasta
que se me ocurrió una idea: a la vuelta de casa estaba la barbería de Benito,
que compraba cabello de mujer.
Mi cabello era rubio y largo más abajo
de la cintura. Lo vendería y con el dinero pagaría el envío. Sabía que iba a
llevar una penitencia pero estaba decidida.
Además mi cabellera crecería nuevamente y por la penitencia…paciencia.
Todas las mañanas, al volver de comprar
el pan, pasaba por la puerta del negocio. Benito era un hombre bonachón y simpático. Esto me dio
coraje para entrar al salón. Cuando me vio dijo:
─Hola Lía, ¿qué te trae por aquí?
─Benito, quiero vender mi cabello
─ ¿Quieres que te compre el cabello. ¿Tú
madre sabe de esto? ¿Ella te autorizó? ¿Para qué quieres venderlo?
─ Mi madre no sabe nada. Ella no me
autorizaría a hacerlo. Quiero mandar a mi padre el regalo de navidad.
─ ¿Puedo saber cuál es el regalo?
─ Un portarretrato con una foto mía,
para que no me olvide. Madre dice que el envío es muy caro y ella no puede
pagarlo.
─Tu mamá se enojará mucho conmigo y no
me dirigirá la palabra nunca más y a ti
te dará una penitencia de padre y señor. Pero…podemos hacer lo siguiente: te
prestaré el dinero y me lo tendrás que
devolver con una tarta de Santiago.
─ ¿Una tarta de Santiago? Nunca hice una
─ Por eso no te preocupes, Carmen, mi
esposa, te enseñará. Por los
ingredientes que se necesitan también no
te aflijas, en casa hay. Ven mañana a la tarde con el retrato que lo llevaremos
al correo.
─Así fue como le mandé la foto a mi
papá. Carmen me enseñó a preparar la tarta de Santiago. Me salió tan buena que
preparé una para la abuela Andrea y otra a Doña Jacinta, la profesora de piano.
El tiempo que viví en Galicia me torné una experta en esas tartas
tradicionales. Todos los años me las encargaban Cierro los ojos y aún puedo sentir el olor de las almendras y la
canela.
Cuando cumplí dieciséis años volvimos
para Argentina. Papá venía a visitarnos todos los
domingos. Después que me casé me visitaba tres veces por semana e
infaltablemente todas las navidades.
El secreto de mi abuela no fue la intención de
vender su cabello, sino la aflicción que le provocó esconder la nostalgia y el amor que sentía por su papá ausente.
Cargó consigo el peso de la separación de sus progenitores que se valieron de la distancia como excusa y sin
proponérselo, convirtieron a su hija en
cómplice de la situación.
Mientras narraba la historia, vi como las mejillas se le sonrosaron y la voz se le tornó aflautada. Volvió a ser una nena e imaginé a la jovencita
y a la mujer enamorada.
Esa navidad fue diferente para las dos.
Una sonrisa compinche esbozaba un “yo sé que tú sabes”. Nos unimos en un abrazo
infinito más allá de los lazos de sangre. Fui para ella un bálsamo como ella lo
fue en mi infancia. Brazos tiernos que me cobijaron en las pesadillas.
Regresé
al año siguiente para la misma fecha. Mi abuela ya no estaba entre
nosotros. En la víspera de noche buena, soñé con ella. La vi sentada a los pies
de mi cama mirándome complaciente. Desperté sobresaltada. Me encontraba sola en la penumbra del cuarto y un intenso
aroma a almendras y canela flotaba en el ambiente.
martes, 2 de junio de 2015
Ladrón de Lunas
Cuéntame tus versos
Susúrrame un secreto
Dime te quiero
aunque no sea cierto
Llévame a la luz
de algún misterio
Cobíjame en tus brazos
en el abrazo eterno
Tráeme la luna
Habitemosla
No importa si es robada
si lo hacemos juntos
Nora Ibarra
Curitiba-Brasil. Junio 2015
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