Mi memoria está desvanecida
Solo recuerda olvidar
Tic tac...tic tac
Suena el tiempo desde algún lugar
Y un tango me trae
desde lejos
la añoranza de no estar
tic tac...tic tac
Suena el tiempo desde algún lugar
Nora Ibarra
Brasil - Junio 2016
jueves, 30 de junio de 2016
viernes, 10 de junio de 2016
lunes, 9 de mayo de 2016
El Diario de Magdalena (fragmento)
EL DIARIO DE MAGDALENA
El teléfono sonó a las nueve y media de
la noche. Tengo por costumbre desconectarlo a partir de las ocho. Esa vez me
olvidé de hacerlo.
Atendí de mala gana. Del otro lado de la
línea, una voz masculina pronunció mi nombre. Me pregunto:
─ ¿Usted es oriunda de Santa Martina?
La pregunta me irritó. Respondí con
sequedad
─ ¿Quién quiere saberlo?
Con tono intimidado dijo
─ Le hablo de Santa Martina señora…de la
escribanía Montes… soy el hijo del escribano Juan Montes…yo también soy
escribano
Recordé quien era de inmediato. En
aquella época – nuestra pre-adolescencia-
él tendría unos catorce años. Rubio, bajito. Miraba de soslayo al
hablar. Medía a su interlocutor, calculaba la respuesta. Sus ojos celestes, dulces,
se volvían felinos ante la expectativa. Lo llamaban el “hijo del escribano”.
Nadie le prestaba mucha atención. Quedaba desdibujado frente al magnetismo
seductor del padre, que era donde sí, estaban puestos los ojos de todos.
Fui cortante al responderle
─ Sé quién es usted. ¿Qué se le
ofrece?... ¿Por qué me llama a esta hora de la noche?...
Hizo una pausa prolongada. Le escuchaba el ir y venir de la
respiración. Adiviné el ritmo en la respuesta
─ Es sobre Magdalena Pigossi
señora…falleció…hace quince días
No pude hablar. Quedé fulminada, sin
fuerzas. Hacía más de treinta años que no tenía noticias de Magda ni de
Mercedes, ni de Helena. La memoria me devolvía en un ralentí el pasado guardado
que nunca pretendía recordar.
Cuando Magdalena llegó a Santa Martina
tenía once años. Su papá compró en remate el caserón que fuera de Aurelia
Márquez. Se mudó con su madre y su hermano tras la separación de sus padres.
La casa estaba separada de la mía por
una pared medianera. Desde el banco de casa veía el fondo de la de ella. Tenía
un arbusto de mimosa. Así le decían al
ligustro gigante que crecía cerca del mar, resistente al clima.
Magdalena se escondía debajo de él para fumar. Yo la espiaba agazapada en la
sombra, situación que me transformaba en cómplice de su transgresión. Una vez
me vio. Al rato apareció en la puerta de casa. Usaba un jardinero color
azul desteñido o gastado por el uso. El
cabello oscuro enmarañado en una trenza le serpenteaba sobre el hombro derecho.
Yo me iba acercando hacia ella lentamente,
tratando de prolongar el encuentro. Intuía, temía por lo que me diría. En tanto
ensayaba un pretexto que dejase mi curiosidad libre de culpa y pena, liberada
de enemigos y posibles sanciones. Ella debería entender que no lo hice por mal.
No todos los días encontramos vecinos
establecidos, fuera de temporada veraniega, de casi mi edad…fumando
ocultos debajo de un arbusto. La manera en que me habló me dejó más que
sorprendida. Frunció los labios como si fuera a dar un beso. Con gesto burlón,
o al menos eso me pareció, dijo
─ Hola, me llamo Magdalena. Todos me
dicen Magda o Maida. No me incomoda cualquiera de los dos apodos. Llámame como
más te guste.
Hablaba sin interrupciones. Sin comas,
parecía que se quedaba sin aire. Hacía una pausa cortita y seguía hablando. Yo
la observaba con las manos en los bolsillos para disimular el temblor de estas.
Esperaba que dijese algo sobre mi capacidad de espionaje. Para mí extrañeza no
mencionó nada. Más, me invitó para volver al día siguiente. Regrese al otro
día, correspondiendo a su invitación… y al siguiente de ese… y al otro… y al
otro. Así fue como me inicié en lo que para mí era en ese entonces, el arte de
fumar.
II
Bajé en la terminal de ómnibus a las
diez de la mañana. Santa Martina ahora tenía terminal, parada de taxis y hasta
un barcito donde tomar café, fuera para despabilarse de la modorra del viaje o
para valsear la espera del micro. El bar estaba lleno de parroquianos,
hermanados en el vaho de la ginebra.
Me dirigí, a paso lento, imaginando
baldosas en el fango, hacia la escribanía Montes. Observaba las fachadas de los
negocios nuevos (al menos para mí lo eran). Al menos a simple vista todo
parecía renovado distinto a como lo vi la última vez. Cuando me fui, como si
huyera de un mal sueño. Eso es lo que este pueblito significaba para mí y mis
amigas de la adolescencia, ahora lejanas.
Desdibujadas en mi memoria. Sonreí con sarcasmo al pensar: el orden del
tiempo no le alteró el producto a esta aldea con aire de prima dona. Entretanto, miraba al alrededor, por si al cruzarme con alguien,
este pudiese adivinar la mordacidad de mi pensamiento.
El descendiente del escribano Montes me estaba esperando. Se había
convertido en un hombre de mediana edad, calvo, un poco excedido de peso para
su estatura. Los ojos celestes cristalinos, no habían perdido ese contemplar
inquietante. El escribano Montes aseguró muy bien su estirpe en su vástago.
Abnegado y fiel para con él y solapadamente artero para con los demás. Con los
años, el hijo del escribano era un arma de doble filo, impredecible en las intenciones y el
pensamiento.
Me escudriñó. En cuanto lo hacía, se
embarullaba con las palabras. No sabía que decirme. Me dio el pésame. Preguntó
─ ¿usted conocía a Magdalena Pigossi?
─ Sí ─ Me encogí de hombros ─ ¿Quién
conocía verdaderamente a Magda? Esquiva y contradictoria. Nunca se mostraba del
todo. Se fue del pueblo a los dieciocho años y reapareció siete años más tarde.
Deambulaba misteriosa por la calle, con cierto atisbo de
hastío. Una vez la encontré en la puerta del supermercado. Fumaba. Escupía las
bocanadas de humo sin tragarlo. La humareda la volvía una figura
fantasmagórica. Me tomó por el brazo. Me
llevó aparte, para que nadie pudiera escuchar. Susurró
─
Sal de este pueblo. Está gente está corroída…enfermo. Vete lejos
mientras puedas
viernes, 6 de mayo de 2016
Cherie

A la memoria de mi mamá Nelly Arroyo
Lilly, su mamá influenciada por su hermano, quien estaba enamorado de una bailarina francesa, la llamó Cherie.
Somos el deseo de nuestros padres y cargamos con sus frustraciones sin saberlo. Lilly deseó para su hija que nunca creciese, para poder protegerla de los peligros y sinsabores de la vida. De esta manera Lilly cambió las muñecas de porcelana por su nena de carne y hueso. La juventud, la falta de instrucción y el egocentrismo hicieron que esta jovencita de diecisiete años creyera que estaba en lo correcto.
Desde temprano Cherie tuvo problemas para aprender. No por falta de inteligencia si no tal vez porque su intución le decía que esa era la mejor manera de congeniar y agradar a su madre.
Pasaron los años, el cuerpo de Cherie reveló curvas insinuantes colmadas de sensualidad. Dueña de un atractivo que pocas mujeres poseían, su alma conservaba la ingenuidad y la picardía de una niña.
Lilly le advirtió que tuviera cuidado en no convertirse en "la madre de los hombres".
Ella no la escuchó. Convencida que su misión en el mundo era dar amor sin esperar recibir, se entregó por entero sin importarle las consecuencias.
Después de trece años, dos hijos e incontables abortos, se separó del marido y volvió a casa de su madre. Fue la hija que desantendió las enseñanzas.
Cherie padecía de miedo . Un miedo grande como un gigante color violeta que la asediaba desde pequeña en las pesadillas.
Le asustaba la soledad. Buscaba afanosamente completarse a través del otro o de otros. No conseguía pensar que esta es una amiga silenciosa que nos acompaña en el recorrido de la vida.
Quedaba en pánico cuando pensaba que el perfeccionismo materno podía alcanzarla y que un dia se descubriese fria y sin placer igual que Lilly. Para ella esto significaba estar muerta en vida.
Cuando comenzó a trabajar en el hospital conoció a Honoria, una mujer hábil y nada ingenuaque la llevó a festejar el primer sueldo que recibió a un casino clandestino.
La suerte de principiante la favoreció tres veces triplicando el dinero apostado. El infortunio le arrebató el salario del mes. Al volver a casa le mintió a Lilly. Le contó que en el colectivo le habían robado lo que acababa de cobrar.
(continúa)
martes, 5 de abril de 2016
Cartas de Ida y Vuelta
Tienes que ayudarme, creo que sufrí un accidente cerebral mientras dormía o quizá un espíritu me robó la memoria. No recuerdo que sucedió cuando viniste a buscarme aquel día. Desperté sumida en una nebulosa donde mi cerebro va de estribor a babor sin atinar a nada.
¡Ayúdame por favor!
Celia. Querida:
Te ruego tengas calma. Es posible que tengas atesorado y guardado tanto ese momento para ti y en tú deseo de no compartirlo con nadie, tal vez esté en el fondo de la memoria, adormecido.
Llegué de noche con la luna por cómplice. Me orientó la pasión y el deseo de verte. Divisé la casa en una elevación envuelta en un manto oscuro. Una luz mortecina me guió hasta tú cuarto. Dormías entre edredones. Me quité los zapatos y me recosté a tú lado para espiar tus sueños. Te percibí indefensa, a merced de mis caprichos. Por un segundo me engañé. Me dije que eras mía. Me invadió un sentimiento de amo y esclavo. Fui el dueño de nuestra pasión, del secreto que nunca confesamos.
Al despertar me miraste estremecida y me preguntaste si era verdad que estaba allí contigo. Te tomé en mis brazos. Comencé a besarte. Después fuimos uno solo y nos dormimos abrazados en el calor de nuestros cuerpos fundidos.
Por la mañana bebimos café. Una despedida breve con una promesa que no se cumpliría. Creo que te asustaste tanto con ese augurio que lo sacrificaste antes de cristalizarse.
La intensidad de lo vivido dio un sentido único a la relación destronando al tiempo y la distancia. Marcó un rumbo inusitado en nuestro sentir unido por un lazo imperceptible.
Pronto estaré allí contigo
Tuyo
Jorge
**************************
La llegada del invierno era incipiente. El aire olía a leños ardiendo en el hogar. Se acomodó en la poltrona con la carta en las manos. Con la mirada perseguía el vuelo de los pájaros. Notó que la gramilla había crecido y cambiado de color. Tenía ahora un tinte azulado.
Deambuló por la casa y, con un instinto animal, buscó en los armarios el olor de Jorge. Reconocía como la excitaban las manos de él aún antes de las caricias. Cerró los ojos y pensó en la ternura y la mirada de su amante. Se sintió invadida por una vorágine de sensaciones...calor...tibieza...ardor...timidez...cuerpos exhaustos...Pero esta invocación no le bastaba. Quería de vuelta su recuerdo.
Solo Jorge podía traerle el pasado único y constante por el que se sentía viva. Cuando él llegase revivirian juntos ese instante furtivo que les pertenecía.
Celia está en el bar del Gringo aguardando a Jorge. Eligió una mesa próxima a la puerta, al lado del ventanal. Desde allí puede ver la Rotonda del Pirata. Revuelve el té humeante con la cucharita. Al retirarla salpica el contenido formando círculos. Imagina que este es un lago donde arroja pedregullos. Se inclina hacia la taza. El lago de té le muestra el rostro de una mujer envejecida con un trazo de amargura delineado en la boca. Se mira las manos rugosas y piensa "esa soy yo".
Un anciano de cabello blanco y ojos cansados está de pie frente a ella. Con vos dulce le dice
-Hola Celia, Como estás?
Ella lo mira perplejo y responde
-Quién es usted?
Nora Ibarra
Curitiba - Brasil - Abril 2014
lunes, 28 de marzo de 2016
Sin Raíces
De tanto buscar el horizonte
perdí el rumbo
Me quedé vagando
entre sueños y lluviscas
con al abrazo partido
sin haber partido
con el silencio mudo
en la mudez del silencio
De tanto andar no anduve
De tanto anhelar
desperté un dia
con los brazos cansados
y las manos vacias
Nora Ibarra
Florianópolis -Brasil 2016
martes, 1 de marzo de 2016
Hoy
Siento ganas de llorar
Por lo que soy
Por lo que fui
Por lo que no seré
Sendero nebuloso
Cenizas sin futuro
Nora Ibarra
Florianópolis 2016
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